viernes, 12 de junio de 2020

Club de lectura: Geishas rivales - Semana 2 – Lo exótico, en casa

Poco después, un joven elegantemente vestido, de unos veintiocho o veintinueve años, entró en la habitación. Llevaba su larga cabellera engominada y un traje oscuro que recubría un cuerpo alto y delgado. De perfil anguloso por los rasgos fuertes de su barbilla, su cara tenía un color macilento y pálido, lo que le confería un aire enfermizo. Su labio inferior sobresalía ligeramente, lo que dejaba entrever un carácter malcriado. Si bien su traje oscuro y su figura esbelta le conferían cierta gracia, al mismo tiempo se percibía una cierta cualidad mefistofélica en él. ‘Es el  Sr. Nagai’ dijo una voz cerca de mi oído.

Es así como describe Jun’ichiro Tanizaki a su héroe literario de juventud, Nagai Kafû. Para el joven Tanizaki, sediento de aprobación y de una nueva literatura que le permitiese expresarse con la libertad que percibe en las obras de Occidente, Kafû representa el summum del estilo. ¿Quién fue Kafû para crear enamorar de este modo al mundo literario?

Como lectores occidentales seguro nos llaman la atención tres particularidades de Geishas rivales, la obra más conocida de Nagai Kafû. Junto a Una extraña historia al este del río. La primera es que por fin tenemos una estructura que podríamos llamar “clásica”: la historia tiene un principio, un nudo y un final. En segundo lugar nos alejamos de la novela del yo (shishôsetsu) y nos acercamos a una novela coral que nos permite participar de las motivaciones y reflexiones de cada personaje. Por último, si bien el estilo no es tan poético como el de Kawabata, las descripciones del cuerpo femenino, de la pasión y del sexo (una verdadera rareza) están hechas con delicadeza y sensualidad. De algún modo, es como si Nagai Kafû hubiese creado un libro perfecto para el consumo occidental, familiar en su forma y exquisitamente exótico en su contenido.

Nagai Sokichi, nombre de nacimiento del autor, vivió en carne propia lo difícil que resultaba ser japonés en un período de cambios tan turbulentos como la era Meiji y Taisho. Nació en una familia de clase alta y profundamente tradicional: su padre descendía de los hatamoto, el nivel más alto al que podía llegar un samurái, y era junto a su abuelo paterno un escritor de renombre de poesía china; su madre era intérprete de música tradicional japonesa e hija de un importante intelectual y académico de la moral confuciana. A pesar de todo esto, su familia apoyó desde un primer momento la revolución Meiji, por lo que su padre insistió en que asistiera a una escuela internacional y aprendiese las costumbres de occidente lo antes posible.

La vida artística de Kafû comenzó, no por influencia de su familia, sino de un amigo y maestro, el dramaturgo de teatro kabuki Fukuchi Ochi y sus compañeros artistas. De su conexión con este grupo durante su adolescencia, momento en el que había decidido convertirse en actor, le viene su amor por el mundo flotante, el distrito del placer de Yoshiwara en Tokio, y por la literatura francesa. Kafû comienza a publicar pequeños relatos al estilo de Émile Zola, siguiendo el modelo marcado por Nana, de la que incluso haría una traducción parcial. Este mundo de juventud marcaría en lo venidero toda la vida y la obra del autor y le darían el estilo personalísimo y particular que le darían fama.

Debemos recordar, y esto será patente en todas las historias de Kafû, que este mundo del entretenimiento era mal visto en la sociedad japonesa. Se sabía que el mundo flotante existía, y existía en el acuerdo tácito de que lo que ocurría allí no salía de allí. Los límites de estos barrios del placer era como fronteras geográficas, que les distanciaban de la sociedad “de bien”, ya fuera por arcos o puentes que marcaban los límites. Allí todas las reglas de la sociedad se tergiversaban. Era una suerte de descenso el País de las Maravillas, en el que todo era alucinación e ilusión. Actores, artistas y geishas, además, tenían profesiones que se acercaban peligrosamente a la idea de impureza que marcaba a los más bajos fondos de la sociedad, los bunrakumin.

Para una familia respetable como la de Kafû, que su hijo haya decidido labrarse un camino entre estos personajes era inaceptable. Su padre, un burócrata de profesión, como tantos otros samuráis al abolirse el sistema feudal, le envía de inmediato al extranjero, con la idea de convertirlo en banquero. Kafû, que guarda la secreta ambición de ir a vivir a Francia, se ve embarcado hacia Estados Unidos. Sería tan solo ante el peligro de que contrajese matrimonio con una prostituta que conocería en Nueva York que el padre lo envía finalmente a Lyon, Francia, aunque por poco tiempo. A su regreso a Japón, Kafû sería recibido por toda la comunidad intelectual como un héroe, ya que fue el japonés que por más tiempo vivió en el extranjero, unos cinco años.

¿Qué otro impacto podría tener esta estadía prolongada en Kafû, más allá de sumir su alma en una añoranza del extranjero y un intenso repudio por lo que consideraba una parodia barata de occidente? Una anécdota de su diario cuenta cómo Kafû, cuando el barco pasaba Marruecos, saluda a este país como un ejemplo a seguir de una cultura que ha sabido labrarse un lugar propio, ni Europa ni África, mas una identidad irrefutablemente hecha de las dos partes. Una vez en Japón publica varios ensayos zuihitsu, dos libros contando sus vivencias en los países que le acogieron, recibe la cátedra de literatura francesa en la prestigiosa Universidad de Keio y funda y dirige la revista literaria Mitta Bungaku. El genio literario se lanza en una cruzada en la que critica a diestra y siniestra el país y el gobierno, así como la falta de libertad intelectual, ya sea por presión de los grupos literarios existentes (los naturalistas y los marxistas). A su revista atrae a los talentos jóvenes, entre los que están el joven Jun’ichiro Tanizaki. Huelga decir que cuenta con muchos críticos también, entre los que se cuentan Akutagawa Ryunosuke.

Kafû será siempre un personaje que polariza opiniones. Los temas de su obras, que siempre girarán en torno a las mujeres de los distritos del placer y de los actores, un submundo que hemos visto, no era bien visto por el público en general, no le ayudan en nada a ganarse la estima de sus compañeros de letras. Kafû, fiel a ese carácter “malcriado” que viese Tanizaki, parece empecinarse cada vez más en usarlos de manera exclusiva en todos sus relatos y cava así su propio nicho. Tampoco esto implicará que se sienta identificado con el movimiento de Nihon he no kaiki que vendrá en los tiempos de guerra: tanto le parece execrable la burda imitación de occidente, como considera inútil la búsqueda de una pureza japonesa, puesto que esta no existe. Para él, el germen último de la cultura japonesa se encuentra en el antiguo Tokio, la ciudad de Edo, y de sus remanentes en la actualidad, el distrito del placer.

Aquí Kafû obra una suerte de Orientalismo, del tipo que predicó Edward Said, mas con su propia cultura. Kafû embellece y recubre de nostalgia el pasado inmediato para criticar el presente. En Edo, nos dice, hubo una cultura fuerte capaz de amalgamar la influencia de los otros países asiáticos y la suya propia. Nuestro autor no se engaña a sí mismo, no busca un paraíso perdido de excelencia a la japonesa, pero reconocen en el pasado un momento en el que Japón supo equilibrar su idiosincrasia con la influencia comercial y cultural del exterior. Muy alejado de la ciudad de Tokio que les tocó vivir, que se transformaba a pasos agigantados en un monstruo de concreto, un esperpento iluminado en su totalidad por la electricidad sin dejar un resquicio a la luz de las velas y a la arquitectura tradicional.

Tanto Tanizaki como Kafû, además, suelen hacer de sus personajes artistas o personas que tienen relación con el mundo del placer. Para Kafû, que siempre fue una figura fuera de todos los límites (de la moral, de la geografía, de la academia), escribir sobre los límites, sobre los marginados, quizás era lo que se le daba más fácil. Quizás escribir sobre artistas, quienes se reinventan a sí mismos constantemente como haría Komayo, es una forma de hablar sobre sí mismo y sobre la posibilidad que tiene el mismo Japón de crear un nuevo futuro, uno más acorde con su esencia.

  • ¿Qué os parece la forma en que Kafû retrata a sus personajes femeninos? ¿Qué parecidos o diferencias hay entre la geisha Komako de País de nieve y Komayo de Geishas rivales?

La reunión final será por videoconferencia a través de ZOOM el viernes 26 de junio. Las plazas para esta sesión se han agotado, pero os recordamos que la semana que viene también os propondremos una reflexión en nuestro blog y en nuestro Instagram para que participéis con vuestros comentarios. Por otro lado, podéis participar también en la charla sobre kimono (que tocará el tema del atuendo de las geisha) para complementar vuestra lectura.

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